martes, 20 de diciembre de 2011

Crónicas del Perú - 3° parte : Apertura del primer portal

El Lunes 19 madrugamos para tomar el autobús que nos subiría al Machupichu. Eran las 4:00 de la madrugada y ya estábamos en marcha. Fuimos los primeros en llegar. La niebla teñía de misterio el enclave. El sol filtraba sus primeros rallos entre las montañas mientras Ariadna nos proponía una meditación conjunta con posterior peregrinación silenciosa en forma de serpiente hacia la entrada del monte Waynapichu.
Atravesamos el recinto pasando entre las ruinas, admirando toda aquella majestuosidad todavía vírgen de la presencia de turistas.
Al llegar a los pies de la pequeña montaña sagrada, esperamos en silencio hasta que pudimos empezar la ascensión. Unas dos a tres horas subiendo enormes peldaños. Yo caminaba con Ció, la madre de mi mujer y la suegra más perfecta que un hombre pudiera soñar. Todo iba bien hasta que empecé a sentir la falta de aire y la aceleración de mi corazón. Yo no había dicho nada a nadie sobre mi miedo a las alturas. Lo creía superado pero empecé a sentirlo y a vivirlo como cuando era un niño. Apreté los puños y decidí seguir. Si aquella mujer de casi setenta primaveras era capaz de subir con una sonrisa de oreja a oreja, yo no iba a ser menos. Traspasé pués el umbral del miedo inicial y subí hasta que llegué a la cima, a la primera de las terrazas. Era un mirador con una vista preciosa, como si estuvieramos en el Monte Olimpo, entre las nubes. Admiré la vista unos instantes mientras el grupo iba llegando y fue entonces cuando se aceleró de nuevo mi corazón. Me senté sobre una piedra al darme cuenta que volvía de nuevo al estado de niño, en aquellos tiempos en los que el pánico a la vida me sacaban del cuerpo. Empecé a temer no ser capaz de bajar cuando el tacto de mis manos iba desapareciendo. Mi temos más grande no era ser un flojo, sino que los demás lo vieran. Me di cuenta y no quise esconderme. Preferí ser valiente desde la debilidad y sin descomponerme comuniqué al grupo que sufría una crisis de pánico que trataba de controlar a través de la respiración. Ariadna abrazó mi mano. Fueron cinco minutos interminables hasta que me atreví a bajar por mí mismo. Ariadna insistió en acompañarme. Yo sabía que a partir del tercer peldaño se me pasaría todo. Era como si hubiera llegado a mi tope. Bajé sin dificultad y de frente. Ya no sentía miedo. No era la altura realmente sino algo más y mientras descendía feliz llegaron a mi mente imágenes de aquel lugar en otro tiempo. Yo había estado allí. Le dije a Ariadna que subiera de nuevo, que yo podía bajar solo y que todo había pasado. Era como si hubiera conectado por un instante con mis miedos más profundos, esos que anidan en lo más profundo de cada uno de nosotros.
Una vez abajo, esperamos al resto del grupo y abrimos el primer portal. A esas horas ya estábamos rodeados de gente pero nadie parecía percibir nuestra presencia. Las sensaciones fueron muy fuertes y se produjeron varias catarsis en algunos miembros del grupo. Hubo recuerdos de otras vidas y con los ojos cerrados pude ver en mi mente, lo crean o no, un espiral de almas antiguas ascendiendo ante nosotros hacia la luz que el portal había abierto. Deseo creer en el poder de mi syneidesis y pensar que todo aquello que me llega es real. Ariadna también los vió. Así estamos de loquitos.
Después, los hombres admitieron haber conectado en algún momento de la ascensión con alguno de sus miedos. No me sentí tan solo. Me dicuenta una vez más que ser hombre y ser humano es admitirte desde todo lo que eres. Los hombres también tenemos miedo. Ser hombre ha sido tan dificil como ser mujer en esta Tierra. El machismo nos ha destrozado tanto a mujeres como a hombres y es labor conjunta enterrar la lucha de sexos y empezar a caminar desde el respeto y la admiración mútua. Por eso Ariadna pidió que las mujeres del grupo envolvieran a los hombres en un círculo mientras se arrodillaba ante nosotros para dignificar al hombre, al hombre sensible pero sin dejar de ser hombre. Luego les tocó a las mujeres. Fue una bella ceremonia.
Dejamos el Machupichu con la sensación de haber cumplido un sueño. Volvimos a Aguas Calientes para tomar el tren de nuevo hacia Ollantaytambo, donde yo había enfermado hacía unos días. Allí tomamos un bus hasta Cusco para despedir a Ció y hacer alguna entrevista pendiente. La siguiente etapa nos esperaba en el Titicaca. Pasaríamos por Puno en dirección a la Puerta de Amaru Umuru, un portal lleno de leyendas. Después nos espereaba Bolivia. Cruzaríamos la frontera para llegar a Copacabana y tomar un barquito hasta las islas de la luna y el sol. Pero eso lo cuento cuando pueda, más adelante. Un abrazo a todos.

3 comentarios:

  1. m´acabo d´emocionar en recordar aquella pujada i sobretot la baixada del Waynapichu amb tu....una forta abraçada. Ció.

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  2. Eres la suegra perfecta. Te echamos de menos aunque vives en nuestro corazón. Un petonet de tot el grup

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  3. Emocionante recorrido, loquitos?, jejeje, siii, y felices tambien!!, hermoso, eres un ser afortunado por estar ahi, aunque se q por medio de tus palabras, sintonizaremos con esa energia que recibiste, gracias por representarnos, por llevarnos en tu corazon y compartir desde el amor, esta apertura.

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