sábado, 24 de diciembre de 2011

Crónicas del Perú - 5ª parte: Bolivia y la isla de la luna

Llegamos a Bolivia. La madre de Ariadna ya no estaba con nosotros. Desde su vuelta a Barcelona nos mandaba toda su energía como si aun estuviera allí. Podíamos sentirla en cada uno de nuestros corazones. Nuestro objetivo ahora era la isla de la luna, en medio del lago Titicaca. Por eso, tras pasar la frontera más extraña de mi vida, nos dirigimos a Copacabana con el objetivo de contratar una lancha que pudiera llevarnos al día siguiente a los 11 hasta la isla cuya leyenda dice que un día fuera una serpiente que decidió quedarse allí dormida. El trayecto duraba tres horas y allí podríamos conectar de forma más directa con la dama del lago, una de las guardianas de aquellas aguas canalizada por mi mujer. También Ariadna y yo teníamos algo pendiente. Tendríamos que hacer algo juntos y solos allí, a pie de playa, al margen del grupo. Era algo relacionado con la ciudad etérea que resplandecía bajo las aguas del lago. Alguien de aquel mundo deseaba hablarnos. Eran las señales que ya estabamos recibiendo desde hacía días. Sabíamos que debíamos ir allí. La causalidad nos dejaría solos durante dos horas mágicas llenas de intensa quietud.
Amaneció soleado en Copacabana. Nos levantamos pronto y fuimos a la oficina de una coperativa que se dedica aparentemente a ayudar a mantener las tradiciones, ofreciendo al turismo la posibilidad de compartir con los lugareños sus tradiciones y forma de vida. Todo pintaba muy bien. Nos proporcionaban el transporte hasta la isla de la luna y nos alojaban allí dos días con comida del lugar, habitaciones con baño y todo tipo de atenciones. No era caro y nos pareció una buena forma de ayudarnos mutuamente. Debí olerme algo de lo que iba a ocurrir cuando me di cuenta que uno de los patrocinadores era la petrolera Repsol. De hecho fue Jaume, el mallorquín del grupo, el que me lo señaló. No hice caso de mi nariz y pagamos por anticipado aquellos servicios. Aquel hombre, Wilmer, era tan amable que incluso contratamos con él los pasajes del autocar que nos llevaría en unos días a Arequipa, la segunda ciudad más importante de Perú. Se lo pagamos todo de una vez y nos recogieron en el embarcadero, dirección a la isla de la feminidad y la emoción. Allí eran preparadas las mujeres en la antiguedad, en tiempos del inca, para se dignas de los mejores hombres . Eso al menos nos contaron. Ibamos a devolver el poder a la mujer y a limpiar toda aquella carga sobre lo femenino, además de muchas otras cosas.
Nos dirigíamos a un bello lugar donde la electricidad aún no había podido ser reconocida como necesaria. Una isla llena de hombres y mujeres de inocendia extrema donde el engaño y la manipulación teñía de negro lo más puro y limpio de aquellas gentes sencillas.
Seguramente todo el dinero que invertía Repsol se iba en la gran publicidad, folletos y página Web que desplegaban esta gente, porque al llegar no pudimos ver nada de lo que prometían al visitante. La verdad es que, ya el barquito precioso que nos vendieron a través de una fotografía para llevarnos, resultó ser una lancha vieja de pescadores donde tuvimos que apretarnos mucho para poder entrar con nuestras mochilas.
Tras tres horas de trayecto no había nadie de la coperativa esperándonos en la isla. No existía coordinación alguna y fue el pobre barquero, un cabeza de turco de aquella falta de organización, el que buscó a unas señoras que tomaron nota de lo que ibamos a comer y luego nos acompañaron con una sonrisa a unas chozas que distaban muho de las comodas habitaciones con baño que Wilmer nos había prometido. Preguntamos por el WC. No había. Estaban en construcción. Nos dijeron que lo hicieramos por ahí y que para lavarnos usáramos el agua del lago. No nos hubiera importado si lo hubieramos elegido, pero aquello era un engaño en toda regla. Los folletos hablaban de otra cosa e incluso mostraban fotos. Nos miramos unos a otros y como el lugar era tan bello, decidimos conformarnos entendiendo que así era como vivían aquellos nativos de enorme sonrisa.
Ariadna y yo dejamos nuestras cosas encima del colchón que había en el suelo y que representaba nuestra cama y nos fuimos a una playa al otro lado de la isla, donde no había nadie. El sol pareció llevarse el frío y nos desnudamos para realizar nuestro ritual juntos. Nos sumergimos en las aguas del Titicaca y obtuvimos el contacto que esperábamos. Lo que recibimos es algo privado, solo para nosotros. Disculpen que no lo comparta.
Tras las dos horas en aquella playa dorada por el sol y perfumada por la fragancia de los numerosos eucaliptos que decoraban los bordes de la isla, nos vestimos y nos dirigimos al lugar donde nos iban a dar la comida. Allí habíamos quedado con el grupo. De golpe se nubló y empezó a llover. Corrimos a refugiarnos pero nos percatamos que no había lugar para guarecerse. El supuesto restaurante no existía. Era una minúscula habitación que hacía de cocina y unos troncos en el exterior que servían de sillas y mesas. Nos sacaron los platos bajo la fuerte lluvia. Tratamos de comer el arroz que se fue convirtiendo en sopa debido a la misma lluvia de la que no nos podíamos esconder. Ese fue nuestro tope. En la cooperativa nos vendieron lugares donde guarecerse y comer en grupo. Todo mentiras. La culpa no era de la pobre gente que trataba de atendernos. Eso ocurre en la inocencia del tercer mundo. Alguien siempre se aprovecha de ella. Decidimos plantarnos y exigimos que nos llevaran de regreso a Copacabana.



No había manera. Estábamos atrapados. Nadie nos quería llevar de vuelta. Amenazaban más lluvias y no encontrábamos a ningún responsable de la cooperativa. Nadie parecía conocer a Wilmer. Estábamos atrapados en la isla de la luna donde tantas mujeres fueran mancilladas y usadas como ganado en el pasado. Correspondía a las mujeres dar el gran paso. Ariadna e Imma se fueron a buscar al responsable al otro lado de la isla mientras el resto guardábamos las mochilas. Ante el cabreo que desplegamos, epezaron a reconocernos los nativos de la isla que las habitaciones con baño y el restaurante estaban al otro lado de la isla y eran ocupados por otras gentes. Eso fue después de asegurarnos durante un buen rato que no había baños en ninguna parte de la isla. Eran constantes las contradicciones que nos iban encendiendo. Ariadna e Imma llegaron al rato. Tras duras negociaciones convencieron al responsable de la cooperativa para que alguien nos llevara de vuelta. Necesitábamos afrontar con Wilmer lo ocurrido para reclamar lo antes posible nuestro dinero y anular de paso los billetes de autobús hacia Arequipa. No nos fiábamos de él. El barquero no quería llevarnos a pesar de la orden de su superior, que no deseaba tener problemas con los jóvenes periodistas que habíamos acreditado ser.
El barquero tenía miedo por el temporal y la proximidad de la noche. Solo había aceptado porque el responsable de la cooperativa, su superior, se lo había ordenado además de prometerle todo el dinero de nuestro pasaje de ida y vuelta.
Empezamos a cargar las mochilas en la lancha de madera mientras el barquero nos trataba de convencer de lo peligroso del viaje. Por suerte iba con nosotros Jaume, un hombre de mar, capaz de leer si es o no es conveniente navegar en cualquier tipo de aguas. Le preguntamos como lo veía y nos dijo que no había peligro en realidad. Nos tranquilizó bastante y decidimos seguir adelante a pesar de la tensión con el barquero y el miedo al temporal que se aproximaba. Fueron tres horas muy largas de lucha psicológica con aquel hombre que nos llevaba. La tristeza de abandonar la isla forzados por las circunstancias, unido a la energía usada para no ceder al miedo y al chantaje desplegados por el barquero nos fueron desgastando. El grupo empezó a tambalearse y a discutir sobre lo que era mejor para nosotros. Ariadna pidió unidad y valentía y todos repondimos. Decidimos calmarnos, tomarnos de las manos y seguir navegando hacia la podeosa tormenta ante las cara de enfado del barquero y sus advertenias de lo que podía ocurrir. Acabamos cantando y riendo y la tormenta fue retirándose a medida que nuetra unión se consolidaba. Llegamos sanos y salvos a puerto.
Solo pisar tierra, acordamos ir sin perder tiempo a la oficina de Wilmer para reclamar lo que era nuestro. El barqueo nos siguió para cobrar lo suyo, es decir, el dinero que íbamos a reclamar. Fue surrealista llegar allí y observar como Wilmer se excusaba mientras, sin perder los papeles o desencadenar violencia alguna, uno a uno los miebros del grupo expresaban su malestar ante lo que se presentaba como un engaño, una estafa e toda regla. Seguamente no era habitual que la gente se quejara desde allí. Adaptarse era lo sencillo. Callar y conformarse era lo que alimentaba que aquella gente siguiera haciendo el sinvergüenza. Era evidente que aquel proyecto patrocinado por Repsol servía para usar a los nativos en beneficio de unos cuantos que no parecían estar por la labor.
Allí estábamos, en aquella pequeña oficina a pié de calle. El barquero pedía su dineo. Nosotros exigíamos el nuestro. Wilmer decía que no tenía nada. Fueron varias horas de presión psicológca donde el grupo se apoyaba y no mostraba fisura alguna. Cada vez que el hábil Wilmer trataba de sacar balones fuera, uno de nosotros lo devolvía al campo de batalla. Al final, Alberto Canet-Muga, nuestro tenor, como si cantara una ópera, usó su contundente voz para dejar claro al pasivo agresor de guante blanco que no nos moveríamos de allí si no recuperábamos nuestro dinero. Así fue y poco a poco fue soltandonos billetes hasta que al finalizar el día logramos recuperar todo lo que habíamos invertido. Fue agotador pero muy enriquecedor a la vez. Nos dimos cuenta del poder de la unión desde la contundencia pacífica, desde el no ceder a la injusticia por mucho que uno se agote. Lo fáci hubiera sido negociar. Me acordé de las amenazas del anciano nativo en la pueta de Amaru Muru. Esta era una nueva oportunidad para no ceder a la amenaza, al abuso. Lo importante es que lo logramos.
Fue triste ver acercarse al barquero al despuntar la noche, pidiendonos el dinero que ni Wilmer ni el responsable de la cooerativa le querían pagar por su tabajo. Fue tentador invitarlo a cenar y darle algo, pero asumir responsabilidades de otros no es ser caritativo. El también debía aprender algo. Había jugado su juego y nos había engañado, nos había metido el miedo durante el vaje y ahora recibía la consecuencia de no ser honesto. No queriamos hacer juicios pero cuando le hablamos de que avisara a la policía, simlemente desapareció.
Fue un duro día. La decepción por la frustración de no haber podido estar en la isla de la luna un par de días se unió al subidón por haber logrado todo aquello desde la unión al corazón. Decidimos regalarnos una noche en un hotel confortable con agua caliente e ir a cenar a un buen restaurante. Al día siguiente despediríamos a dos miembros más del grupo y seguiríamos nueve. La tercera fase del viaje nos llevaria a Arequipa y más tarde a Nazca para terminar en Lima.
Por la noche, en la ama de aquel hotelito junto al lago no podía evitar pensar el el barquero o incluso en Wilmer. Ariadna me propuso cerrar los ojos y mandarles luz. Así lo hicimos hasta que el cansancio nos durmió, abrazados e uno al otro. Lo último que nos dijimos fue un TE AMO.

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