jueves, 12 de enero de 2012

I CHING: CREAR DESDE EL AMOR

I CHING: crear desde el amor PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Germán Martín Rais

IchingEl I Ching es un libro sapiencial de sabiduría infinita. Del mismo modo que el universo y la conciencia no conocen límites, el I Ching puede guiarnos hasta donde seamos capaces de llegar. Cuanto mayor sea la evolución, la profundidad y la claridad que un ser adquiera, mayores serán los horizontes y la luz que el libro le ofrecerá.
Se cree que fue escrito hace más de tres mil años, pero no cabe ninguna duda de que el conocimiento que lleva impreso en cada una de sus letras es muy anterior. Es, de hecho, anterior a los tiempos, porque su saber trasciende lo temporal y emana por completo de lo eterno.

El I Ching es una de esas maravillas regaladas a la humanidad para que aquellos que elijan hollar su camino interior tengan a su disposición una guía que seguir, un maestro a quien recurrir, un espejo en el que buscar su alma, y un espacio en el que descubrir el pulso íntimo del universo. El I Ching no es la única fuente de conocimiento, pero sí una entre ese reducido grupo de obras de naturaleza humana y sobrehumana capaces de conducirnos por las sendas espirituales en el gran viaje de regreso al Hogar. ¿Se puede hacer el Camino sin conocer el I Ching? Por supuesto que se puede hacer. ¿Es vital conocerlo para alcanzar elevadas cotas de conciencia? En mi opinión no es preciso saber siquiera de su existencia. Pero sí hay algo que es imprescindible para llegar un día a constituirnos como Hombres, y esto es acceder, por la vía que sea, a lo Superior. Es imprescindible sentir el pulso de Dios —no importa cómo se le nombre— en nuestro interior y comprender que el ser que en verdad somos late exactamente con la misma vibración porque emanamos de Él y en realidad somos Él.
IchingLo que ofrece el I Ching es el Principio esencial que rige la Vida. De alguna manera mágica expone la forma en que se manifiesta en nuestra dimensión. El I Ching establece una vía de comunicación entre el ser consciente y el ser interior; entre nosotros como entidad individual y lo Superior. Sin esa interconexión no habrá luz en la mente, no habrá paz en el corazón y no tendremos el control del inmenso poder de nuestro propio espíritu. Si no armonizamos el alma con el ser exterior, lo elevado con el plano terrenal, no podremos percibir la presencia en todas partes, incluso hasta la última de nuestras células y también en lo más inmaterial de nuestro espíritu, de la Luz de la que emana la totalidad. Y al no sentir conscientemente esa presencia damos espacio a los peores monstruos que nos castigan: la soledad, el miedo, la incertidumbre, la insatisfacción, y la angustia al no ser capaces de vislumbrar un verdadero sentido para nuestra vida. De este modo, el destino se convierte en un caprichoso océano en el que simplemente somos zarandeados.
El I Ching es una herramienta para alcanzar la mayor dimensión a la que nuestro espíritu puede aspirar. Una herramienta que de ser estudiada con calma y dedicación, y mucho mimo, puede aportar progresivamente luz a nuestros ojos y también poco a poco, convertirnos en los auténticos señores de nuestro destino. Pero el I Ching no es como un interruptor que se enciende y al momento brilla en su máximo esplendor, sino un trabajo constante, perdurable. Es un trabajo que, como absolutamente todo lo que se construye para que quede hecho para siempre, precisa voluntad, constancia, firme determinación y además, y esto es fundamental, alegría, entusiasmo y muchísimo cariño. Porque como sucede con el camino de la vida, no basta con recorrerlo para llegar. Hay que amarlo para que la Luz llegue poco a poco, en cada paso.
IchingEl modo en que el I Ching cumple su cometido como herramienta dispuesta para todo aquel que desee emplearla es sumamente práctico. El libro —el poder Superior que lo inspira— sabe que la vida encarnada es concreta, y que en ella vivimos circunstancias perfectamente definidas sobre las que tomamos decisiones precisas a las que siguen acciones igualmente concretas. Es decir, que por un lado el I Ching contiene la "teoría de la ley", y así se puede estudiar si uno desea profundizar en él, y por otro permite plantear cualquier situación personal en un momento concreto. En este caso, el libro lo que hace es determinar si aquella acción que se le plantea, situación, emoción o deseo está en armonía con nuestra propia alma, con aquello más íntimo y a menudo tan desconocido de nuestro ser, y también con lo Superior. Si ese es el caso la lectura será en términos venturosos; si entra en contradicción en desventurosos. Esta es la razón por la que se emplea el Libro de las Mutaciones (I Ching) como oráculo. Porque tiene la facultad de establecer ese puente y permitir una visión cósmica, acto que consigue mediante una echada de monedas o de ramas como medio seguro para que nuestro ser exterior no pueda intervenir en el proceso.
Pero el I Ching no se limita a predecir, cuya función sería la menor de todas aunque más empleada, sino que explica por qué se ha llegado a una determinada situación, por qué una elección o emoción conllevará unas consecuencias, y desvela para que podamos verla, la vibración que de latir con ella abrirá las puertas nuevamente a la armonía. En esa explicación que el libro da y que muchas veces puede parecer incomprensible está la enseñanza que permite ir poco a poco tomando consciencia de las propias formas de hacer las cosas y de la manera en que sentimos; y discernir qué está en sintonía con lo noble y qué con lo vulgar, qué son pasiones del ego y qué responde a energías como el amor. Y al llegar a este punto nos acercamos a lo radicalmente importante a la hora de vivir nuestras vidas concretas. El I Ching no ordena lo que hay que hacer y tampoco tratará jamás de convencer. Sabe que el ser humano es libre y debe vivir con esa condición y ejercer ese don. Él está ahí para ayudar a ver lo puro, sin condiciones, sin pedir nada, para que cada cuál en íntima libertad determine su hado. Es decir, sirve como herramienta del mismo modo en que actúa Dios. Él no juzga, ni condena, ni obliga. Respeta la naturaleza única e irrepetible de cada ser a sabiendas de que todos los seres precisan desarrollarse desde su carácter. Lo que el I Ching trata de decir es que somos creadores en su más amplio sentido, que tenemos el don divino de la creación y el poder para ejercerlo. Nada ni nadie, que no seamos nosotros mismos, nos dirá qué es lo que debemos hacer en la vida. Pero hay un principio que es crucial y al que se debe prestar la máxima atención. Sólo si creamos desde el Amor estaremos en armonía con nuestro ser interior y con Dios. Lo que sea que decidamos crear es de nuestra libre elección; la única condición si queremos conocer la felicidad verdadera y que nuestro corazón sea el mejor templo de nuestro espíritu, es que lo hagamos desde el Amor. Si se construye desde cualquier otro lugar, en mayor o menor medida se generarán desarmonías y se producirán ajustes para corregirlas. Porque si hay algo que no podemos hacer, es más, lo único que no podemos hacer a menos que estemos dispuestos a sufrir, es ir en contra de nosotros mismos. Y puesto que en nuestro núcleo somos Amor porque no podemos ser otra cosa, cualquier cosa que creemos debe emanar de Él.

La función del I Ching es enseñarnos a sentir la Esencia de nuestro corazón. La armonía o la desarmonía, la ventura y la desventura dependen de la emoción creadora. La mayor pretensión de nuestras vidas debería ser aprender a ver el Amor, a sentir con él, y crear desde él. Desde esta premisa básica cualquier cuestión que se le plantee al libro llevará de fondo e implícita otra pregunta añadida: ¿hacer esto o lo otro es lo mejor para mi camino interior?, ¿es la elección que me acercará más a mi corazón?, ¿es la circunstancia vital que más me enseñará de mi espíritu? Porque lo que en el fondo de mi subconsciente anhelo y ahora también desde mi consciente, es elegir aquello que más me acercará al amor, para terminar fundiéndome en él.
Sé muy poco acerca del Libro de las Mutaciones, pero lo suficiente para reconocerlo como un tesoro. Su misión, si se la permitimos, es abrirnos a nuestro espíritu, otorgarnos el control consciente de todo nuestro infinito poder, y ayudarnos a ser de manera completa lo que ya somos en esencia: Amor.

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